Divulgación
Tienda de raya
abril 2010
Después del estrepitoso fracaso del sistema educativo, la cadena de consecuencias se enquista en el ámbito laboral. Esto lleva a un desencuentro entre los promotores económicos con capital y la fuerza de trabajo.
La oferta laboral, que es intuitiva mas no preparada, se alquila por unos cuantos pesos. El empleador sabe que sobra quien quiera una oportunidad. La condición nos lleva a un punto de discriminación. El patrón desprecia al empleado por su ignorancia. El empleado al patrón, por su arrogancia. Uno necesita del otro. El fuerte, bajo la mirada del paternalismo. El débil, con el rencor que marca un sendero de explotación. La relación laboral en México lejos está de la armonía. El patrón ha buscado enriquecerse, sabedor que explota la necesidad del empleado sediento de sobrevivir. El empleado desprecia su empleo, sabedor también de su condición de explotado.
Hoy que —por fin— se analiza una posible Reforma Laboral, se podrán proponer maneras diferentes en la relación humana llevada a la producción o el servicio… Pero de nada servirá si no se contempla una Revolución de la Educación que rescate la dignidad intelectual de un empleado para que atesore un criterio. Un patrimonio cultural. De un mexicano que con las armas o herramientas de su buena educación, pueda transitar por el mercado del empleo. Con posibilidades de ser mañana, generador de nueva riqueza. Iniciativa personal que hoy no es parte del bagaje del trabajador común. Que lejos está de volverse promotor de más economía. Hoy es sólo una ínfima parte de una cadena productiva. Elemento reemplazable, prescindible… despreciable.
La aspiración de cualquier empleado inteligente y preparado, debe ser primero empezar siendo prescindible… luego necesario… y acabar como elemento imprescindible. Ir ganando en la escala del desempeño. Evolucionar en la vida es —o debiera ser— una tendencia natural. El grado de frustración por no ser así, resulta pernicioso para la organización en su conjunto. Un ser humano que ve pasar la vida, sin hacer asequible un mayor bienestar, entra rápido en el terreno del rencor. Ver a la empresa y su empleador, como reducto de sus limitaciones, lleva al deterioro. Hombre y mujer productivos deben ser acreedores de dos formas de beneficiarse. Aquellas para su trabajo y otras por su trabajo. Las primeras para mejorar desempeño y por ende el de toda la organización. Las segundas, como estímulo y consecuencia de sus resultados. La sabiduría popular vietnamita reza: “En la vida no hay castigos ni recompensas… sólo hay consecuencias”.
El patrón que se entiende explotador de sus empleados, acabará por sucumbir en estos tiempos. La marca de las empresas del futuro, está regida por el estímulo al ser humano. Mientras que esto avanza en el mundo, México se rezaga.
La visión de vencedores y vencidos no es de suma, sino de resta. Podremos modificar las bases de la relación obrero-patronal tantas veces y bajo las escalas que queramos. Pero si no hacemos real un proceso eficaz, que ahonde y propague una educación de calidad, siempre habrá el explotado y el explotador. El primero es el rostro de México. El segundo, el de una clase insensible que no desea que las cosas cambien.
La tienda de raya. La hacienda. Rígidos cotos de poder. La acumulación de capital. El constante deterioro del tejido social. Apetito vs. Desgano. Voracidad vs. Postración.
Si Javier Lozano, secretario del Trabajo, asegura que “al empresario no le gustarán las propuestas de reforma laboral que implicarán un mayor costo para éste”… está equivocado. Aparte de que es una forma triste de proponer el cambio.
Urge pagar mejor al trabajador. Será para el bien de todos. Nada podrá representar un avance para México, si no tenemos ciudadanos bien educados. Trabajadores con personalidad propia. Aspiración del México con el que todos soñamos.
Ya nada será igual. ¡Hemos despertado!
Bajemos ya la cortina de esta eterna “Tienda de Raya”.
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Publicado en el periódico Excelsior el
22 de marzo de 2010 en la columna
“El búho no ha muerto”
del editorialista Pedro Ferriz.